Los perros de la lluvia

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Cuando en junio del presente año David Turksma y mi hermano Daniel se empeñaron en juntarse para hacer música en torno a algunos poemas publicados en Los perros de la lluvia, aquello me pareció una broma de mal gusto. Luego descubrí a través de su insistencia que iban en serio, que algunos de aquellos versos les habían gustado en verdad y hacer musica con ellos les parecía una idea a tener en cuenta. Hacía demasiados años que no tocaba la guitarra más que para pasar el rato y poco a menudo. A finales de los años noventa tuve un arrebato al juntarme de nuevo con un viejo camarada, Alberto Manzano, fanático de la poesía y empeñado desde hacia mucho en hacer perfomances en las que podía hacer vivir la palabra poética mezclándola con otras nobles artes. Todo pasó, sin duda, y más ahora, que mi vida ya no la forman ni una ni dos personas, sino tres.

Me tomé aquella proposición con la alegria de pasar unos momentos de libertad en el local de mi hermano, compartiendo con David y con un amigo suyo extroardinario, de paso en la ciudad, Thierry Gedigier, unas cervezas, algunas palabras agradables y buenos ratos de camaradería musical. Ellos son todos músicos, yo no, pero se empeñaron en que fuera yo quien interpretara el sentido de las canciones. Ellos decidieron poner en el asunto todos sus conocimientos, su ilusión, y consiguieron contrarestar mi propia decepción constante. No puedo evitarlo,  a pesar de no tener a menudos razones de peso ni desgracia insoportable alguna  que me acongoje, sigo aun  así mirando el mundo con la misma decepción con la que tocaba la guitarra a los dieciesiete años para conocer hermosas muchachas recién salidas de la adolescencia. Son los mismos ojos tristes, exactamente los mismos, como los de mi padre, como los de Daniel, mi genial brother.

A trancas y barrancas, a finales de septiembre teníamos unas veinte canciones que había que arreglar, estirar, retocar y seleccionar, después de tres meses riendo a carcajadas, disfrutando de otra forma de mis propios poemas. Últimamente pocas cosas en torno a la literatura tienen sentido para mí. Supongo que me he cansado de no poder, de existir demasiado alejado de los viejos sueños borrados, arrancados del alma,  ridiculizados por casi todo lo vivido posteriormente. Pero este proyecto musical me ilusionó, volvió a hacerme recordar que hasta en el más absoluto silencio, en las circunstancias mas adversas y desesperanzadas, el ser humano es capaz de crear y divertirse, de jugar con sus manos, con un cubo de rubik o una tonadilla, recordar unos versos memorizados en la infancia  o inventar una salida. Fuera como fuere esos días tuvieron un reflejo postivo en mi mirada, y ahora, de alguna forma, a pesar del complejo planteamiento que tuvimos, me siento orgulloso y feliz del resultado.

Desde el primer momento mis compadres insistieron en que debíamos hacer música recitada. Hablaban de Gran couer malade y Abdel Malik, del Slam francés y norteamericano. Ni siquiera sabía lo que era eso por entonces. Música recitada. Es verdad que me sentía demasiado mayor para el hip hop o el rap, pero el slam, de alguna forma, entró a formar parte de mis gustos musicales. Reconozco la dificultad de escuchar un disco entero hecho con la voz de la poesía, no estamos acostumbrados y, sin embargo, a estas alturas, me siento cómodo oyendo ese recite en apariencia anodino, que se modifica y cambia, que se ciñe a las canciones, a la música que hicimos, a los arreglos y mezclas de Daniel Ariño, a la guitarra endiablada de David Turksma y a los mútiples instrumentos y habilidades de Thierry.

No pretendo demasiadas cosas. Ha sido curioso y enriquecedor memorizar mis propios versos, algo hasta ahora impensable,  también contrastar frase a frase el efecto de cada una de las palabras que escribí en esos catorce poemas que al final conforman el disco: hasta decidimos guardar mis toses de fumador empedernido.

Dice mi querida Severine que hemos hecho un disco de rock americano, como si la consecuencia de esa reunión fuera celebrar nuestro gusto común por Richmond Fontaine, Micha P. Hinson, Ryan Adams Two Galants o Billy Prince Billy. Creo que no hemos alcanzado el nivel de ellos por mi culpa. Tengo la sensación de que los poetas no sabemos aportar nada al espectáculo del mundo y por eso nos extinguimos en banales peleas y conflictos entre nosotros mientras el género languidece. Pero oigan estas canciones a pesar de mí mismo.

 

 La práctica totalidad de los poemas están también editados a lo largo de la historia del blog Los perros de la lluvia. Para quien quiera saber algo más o contactar con esta desastrosa banda separada antes de nacer, y de la que dudo vuelva a juntarse, dispone de esta página y del correo  eléctronico que he utilizado a lo largo de todo este tiempo en Los perros de la lluvia. Espero no sean demasiado duros para un amateur musical de mi calaña.

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